La alegría del triunfo

Nadie como Juan Sebastián Bach ha expresado de forma tan genial el dolor de la Pasión del Señor. La pasada semana les proponía unas cantatas del Maestro de Leipzig, cuya música nos hacía reflexionar sobre aquellos terribles momentos, en que fuimos redimidos. Pero, para los cristianos, la tragedia del Viernes Santo es el preludio de la alegre mañana del Domingo, y, si nos quedamos tan sólo con el sufrimiento y la muerte de Jesús, nos preguntarán los ángeles, como a las Santas Mujeres en el Evangelio de San Lucas: «Quid quaeritis viventem cum mortuis?» ¿Por qué buscáis al vivo entre los muertos? Siempre he pensado que la exultante alegría de la Resurrección de Cristo tendría que haber sido expresada por el vitalista Haendel, pero no conocía ninguna creación suya dedicada a este tema, hasta la grata sorpresa de este registro recientísimo, de 2008, de un oratorio haendeliano escrito durante la juvenil estancia italiana del compositor.

Todos los melómanos conocemos la gran proximidad estilística entre los dos grandes colosos germanos del Barroco, Bach y Haendel, y que muchos pasajes de uno y otro son perfectamente confundibles, pero también sabemos que, a poco que uno profundice en la audición de sus obras, se advierte entre ellos una distinta sensibilidad, como si las fibras más íntimas de sus ricas personalidades vibrasen de modo diferente. Juan Sebastián es meditador e introspectivo, Jorge Federico sensual y extrovertido. Mientras el Cantor de Leipzig se interroga sobre los más abismales enigmas de la existencia, el de Halle se deleita admirándolos. Bach nos estremece, al explicarnos cómo el dedo divino dibuja la armonía cósmica; Haendel, en cambio, se deja embriagar por ella. Por eso, al escuchar este oratorio, nos encontramos con el mismo lenguaje barroco de las cantatas y las Pasiones bachianas, pero aquí con una ampulosa carnalidad sonora, que nos evoca el triunfo de la luz y el color, propio de los grandes frescos que estallan en las cúpulas de los palacios italianos.

La Resurrección es un oratorio sacro, sobre un libreto de Carlo Sigismondo Capece, estrenado en Roma el Domingo de Pascua, 8 de abril de 1708. Los participantes son, de una parte, María Magdalena y María Cleofás, que, junto a San Juan, se lamentan por la muerte de Jesús, aunque albergan la esperanza de la Resurrección, de otra están el Ángel, que anuncia el feliz suceso y, curiosamente, Lucifer, representado por un bajo, que, con tono sombrío, muestra su indignación por su fracaso: un tópico barroco, éste del Demonio derrotado, que vemos todavía desfilar en nuestras procesiones. La presentación de esta obra se realizó bajo el patronato del Marqués de Ruspoli, cuya descendiente, la Princesa del mismo apellido, figura como patrocinadora de esta primera grabación. Para el estreno fue utilizada una amplia orquesta, con brillante participación de los metales, típica de Haendel. La cuerda fue dirigida por Arcangelo Corelli, nada menos, y el papel de María Magdalena cantado por la soprano Margherita Durastanti, lo que le valió al Marqués una bronca por parte del Papa, pues la participación de mujeres estaba prohibida en la música religiosa. La sucesión de recitativos y fulgurantes arias da capo nos preludia ya el clima de las grandes óperas posteriores, como Giulio Cesare, Alcina o Rinaldo. Para sacar esta joya del olvido se ha basado Marco Vitale en documentos de la Colección Santini de la ciudad de Münster, en Westfalia, y ha realizado un complejo estudio técnico sobre las afinaciones de los instrumentos en la Italia de la época. El resultado me parece espectacularmente esplendoroso.

ANTONIO DÍAZ BAUTISTA

In order to bring back to light this forgotten jewel of the past, Marco Vitale based his approach in the documents at the Santini Collection in the city of Münster (Westfallen) and has done a complex technical research about the pitch of Italian instruments of that period. The result is in my opinion spectacularly splendorous. ANTONIO DÍAZ BAUTISTA